Sobre mí

He tenido que aprender a empezar de nuevo más de una vez

Empecé a practicar artes marciales siendo adolescente. No sabía que algún día acabaría enseñando, dirigiendo una escuela o dedicando gran parte de mi vida a comprender cómo se mueve y aprende una persona.

Solo quería sentirme más preparado. Aprender a defenderme. Ser más fuerte. Tener más confianza. Encontrar algo que me ayudara a ocupar mi lugar en el mundo.

Aquella búsqueda comenzó hace más de treinta años y me llevó por caminos muy distintos: la competición, diferentes sistemas de combate, maestros de varios países, muchas horas de entrenamiento y una obsesión bastante constante por entender por qué unas cosas funcionaban y otras no.

Durante mucho tiempo pensé que progresar consistía en aprender más. Hoy sé que buena parte del camino ha consistido en lo contrario: perder certezas, reconocer mis límites y aprender a reconstruirme.

Durante años busqué una respuesta completa

Pasé por el Taekwondo, el Jeet Kune Do, el Kyusho Jitsu, el boxeo, el Muay Thai y otras formas de entender el combate.

Cada disciplina me enseñó algo. La distancia. El tiempo. La presión. La precisión. La capacidad de reaccionar. La disciplina necesaria para repetir un movimiento miles de veces hasta que deja de ser una idea y se convierte en una respuesta.

No cambiaba de camino por aburrimiento ni para coleccionar estilos. Seguía buscando una forma de unir todo aquello.

Cómo luchar sin separar el combate del cuerpo. Cómo desarrollar fuerza sin perder movilidad. Cómo entrenar con intensidad sin destruirte por el camino. Cómo conseguir que lo aprendido no dependiera únicamente de ser joven, rápido o especialmente atlético.

Entonces encontré el Satria Silat.

Artes Marciales en Madrid

El arte marcial que cambió la pregunta

El Satria no me dio una respuesta inmediata. Me dio preguntas mejores.

Me mostró una manera de entrenar en la que la técnica, la movilidad, la respiración, la fuerza, la sensibilidad y la forma de relacionarte con los demás no estaban separadas.

Durante casi dos décadas se convirtió en el eje de mi práctica y de mi vida. Me permitió aprender junto a maestros extraordinarios, enseñar, viajar y formar parte de una comunidad internacional.

Pero un camino largo nunca es una línea recta. También hubo desacuerdos, dudas, distancia, orgullo, decepciones y momentos en los que tuve que revisar qué parte de lo que hacía me pertenecía realmente y qué parte estaba repitiendo porque así lo había aprendido.

A veces, seguir avanzando significó acercarme. Otras veces, alejarme lo suficiente para poder mirar con claridad.

Deibe Satria

El cuerpo también obliga a decir la verdad

Después llegaron las lesiones. Algunas leves. Otras capaces de cambiar por completo la manera en la que entrenas, trabajas y te reconoces.

Cuando llevas toda la vida confiando en tu cuerpo, descubrir que no responde como antes puede sentirse como perder una parte de tu identidad.

He tenido que parar, adaptar, retroceder y reconstruir movimientos que durante años había dado por seguros. He tenido que aceptar que la voluntad no repara por sí sola un tejido lesionado y que entrenar con inteligencia no siempre significa hacer más.

Aquellas etapas modificaron profundamente mi manera de enseñar. Comprendí que detrás de una limitación no siempre hay falta de esfuerzo. Que una persona puede querer avanzar y, aun así, necesitar otro camino.

Adaptar un entrenamiento no es rebajarlo: es encontrar la dificultad adecuada para que todavía pueda transformarte.

También se pierde a gente por el camino

Una escuela no está formada únicamente por técnicas, horarios y alumnos. Está construida con relaciones.

Personas que llegan, entrenan contigo durante años y terminan formando parte de tu vida. Algunas se marchan de manera natural. Otras dejan un vacío que cambia para siempre la forma en la que miras el tatami.

Esos momentos me han recordado que entrenar nunca ha sido solamente aprender a golpear, derribar, moverse o hacerse más fuerte. También es acompañarnos.

Estar presentes. Compartir esfuerzo. Cuidar a quien llega. Reír, discutir, aprender juntos y reconocer que el tiempo que tenemos con los demás no es infinito.

Hoy valoro todo eso mucho más que cualquier título.

Deibe Satria

Después de treinta años, ya no busco demostrar cuánto sé

Sigo entrenando. Sigo aprendiendo. Sigo haciendo preguntas. Pero ya no persigo una técnica definitiva ni una respuesta que sirva para todo el mundo.

Mi trabajo consiste en observar a la persona que tengo delante y ayudarla a construir su propio proceso.

Quiero que entienda por qué hacemos cada cosa. Que pueda reconocer sus avances. Que aprenda a entrenar también cuando yo no estoy. Que se haga más fuerte sin perder curiosidad, autonomía ni capacidad para escuchar su cuerpo.

No quiero alumnos que confíen ciegamente en mí. Quiero personas que, con el tiempo, necesiten depender cada vez menos de cualquier profesor.

Todo lo que enseño nace de ese recorrido

Satria Silat, Jiu-Jitsu No-Gi, entrenamiento personal, preparación física o defensa personal. Son caminos diferentes, pero todos comparten la misma intención:

  • Construir un cuerpo fuerte, móvil y preparado, y una mentalidad que lo acompañe.
  • Aprender a utilizarlo bajo presión.
  • Hacerlo en un entorno donde puedas esforzarte, equivocarte, preguntar, reír y seguir creciendo sin fingir que ya sabes.
Estar preparado no significa que nada pueda romperte. Significa que, cuando algo cambia, tienes recursos para adaptarte, reconstruirte y seguir adelante.
El viaje

Mi historia, contada por capítulos

Cómo llegué hasta aquí: los maestros, los viajes, los golpes y las decisiones que construyeron esta escuela.

Capítulo 1

Cómo descubrí mi camino en las artes marciales

Capítulo 2

El día que entrené con Dan Inosanto. El inicio de todo

Capítulo 3

Mi viaje marcial por el mundo. Entrenando con las leyendas

Capítulo 4

Intentaron callarme. Solo encendieron mi fuego

Capítulo 5

Me quiso matar. Me estafaron. Y construí mi escuela

Capítulo 6

Mi camino, el legado del Satria Silat

Por qué dejé todas las artes marciales… y no me arrepiento

Sigo en el camino

No siento que haya llegado a ningún destino. Después de más de treinta años continúo aprendiendo de mis maestros, de mis compañeros, de mis alumnos y alumnas, de mis errores y de un cuerpo que también va cambiando conmigo.

Quizá eso sea lo más valioso que puedo ofrecerte. No una promesa de transformación rápida, sino experiencia real, atención y un lugar desde el que empezar —o volver a empezar— con sentido.

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