Cultura marcial·1 de octubre de 2026

¿Es tarde para empezar artes marciales a los 40?

Alumnos adultos de edades distintas sentados en el tatami escuchando a Sebas Deibe en Arganzuela, Madrid.

Es probablemente la pregunta que más me llega por mensaje privado.

Y casi nunca viene de gente joven. Viene de hombres y mujeres de cuarenta y pico que llevan tiempo dándole vueltas. Algunos entrenaron algo hace años y lo dejaron cuando llegaron el trabajo, la hipoteca y los niños. Otros no han pisado un tatami en su vida.

Casi siempre escriben con la misma mezcla: ganas y disculpa.

«Sebas, ¿no soy ya mayor para esto?»

Después de más de treinta años practicando y bastantes enseñando, tengo una respuesta bastante clara. Pero antes de darla me interesa más otra cosa.

Y es que casi nadie que hace esa pregunta está preguntando por la edad.

Lo que de verdad se está preguntando

Cuando alguien me pregunta si es tarde, rara vez le preocupa el número. Le preocupan tres cosas mucho más concretas.

Voy a ser el peor de la sala.
Me voy a hacer daño.
No voy a poder seguir el ritmo.

El primero es el que menos se dice en voz alta y probablemente el que más frena.

A los veinte años ser principiante no cuesta nada, porque eres principiante en todo. A los cuarenta y cinco llevas media vida siendo competente en lo que haces. Entrar en una sala donde todo el mundo sabe moverse y tú no, delante de desconocidos, es bastante más incómodo de lo que la gente admite.

El segundo es el más razonable de los tres. Una lesión a los cuarenta no se paga igual que a los veinte. No es solo la recuperación. Es que al día siguiente hay que ir a trabajar.

Y el tercero casi siempre viene del cine. La imagen mental de una clase de artes marciales suele ser gente joven, muy en forma, dándose fuerte.

Me interesa dejar algo claro desde el principio: ninguno de esos tres miedos tiene que ver con tu edad. Tienen que ver con el sitio al que vayas a entrenar.

Y eso sí lo eliges tú.

Lo que cambia con los años

Cambian cosas, por supuesto. Conviene saber cuáles, para no pelearse con lo que no se puede cambiar.

Lo que más se nota es la recuperación. A los veinte entrenas duro un martes y el miércoles estás listo otra vez. A los cuarenta y cinco ese mismo entrenamiento te pide un día más.

Eso no significa que puedas menos. Significa que la frecuencia y la intensidad se organizan de otra manera. Dos sesiones bien puestas a la semana sostienen muchos años de progreso.

Y luego está la movilidad de partida. Años de silla dejan caderas cerradas, hombros adelantados y una espalda que protesta. Lo veo constantemente.

Pero eso no es una condena. Es el punto de partida. Y es, curiosamente, de las cosas que más rápido mejoran en cuanto empiezas a mover el cuerpo en direcciones que había dejado de usar.

Lo que no cambia, aunque todo el mundo crea que sí

Aquí es donde la conversación se pone interesante.

La capacidad de aprender movimiento no se pierde. Se transforma.

Es verdad que un adulto tarda algo más en automatizar un gesto. Repetirlo hasta que salga solo le lleva más tiempo que a un chaval de veinte.

Pero entiende el porqué muchísimo antes.

Capta la estructura. Ve la distancia. Comprende por qué desde este ángulo genera fuerza y desde ese otro no. Entiende qué está haciendo realmente su compañero.

Un chaval copia y repite hasta que funciona. Un adulto necesita comprender, y en cuanto comprende construye a una velocidad que a él mismo le sorprende.

Por eso en una escuela donde se explica el porqué, y no solo se repite la técnica, el adulto suele ir bastante mejor de lo que esperaba.

No juega con desventaja. Juega en el terreno que mejor se le da.

Es probablemente una de las cosas que más me gustan de dar clase a adultos: ves cómo alguien deja de copiar y empieza a entender. Y a partir de ahí ya no necesita que le des la respuesta cada vez.

El riesgo no está donde la gente cree

Quiero ser claro con esto, porque de los tres miedos es el más legítimo.

El riesgo de lesionarse en artes marciales no viene de la edad.

Viene de entrenar con gente que no controla la intensidad. De estar en un sitio donde ganar la ronda del martes importa más que cuidar al que tienes delante.

Un principiante de cuarenta y cinco años en un grupo donde los veteranos se acercan a ayudarle desde el primer día corre muchísimo menos riesgo que uno de veinticinco en una sala donde cada entrenamiento es una competición.

La variable no eres tú.

Es el ambiente. Y se reconoce enseguida: basta con ver una clase.

Lo que le pido a un cuerpo de cuarenta

Empezar bien a esta edad tiene poco que ver con apretar los dientes. Tiene que ver con tres cosas, y ninguna es espectacular.

Carga progresiva. El cuerpo se adapta a lo que le pides si se lo pides con cabeza. El problema casi nunca es entrenar. El problema es querer entrenar en la cuarta semana como si llevaras cuatro años.

Movilidad antes que fuerza. De poco sirve empujar más si la cadera no abre y el hombro no gira. Recuperar rango es lo que permite que todo lo demás llegue sin romperse por el camino. Es la parte menos vistosa del trabajo y probablemente la que más sostiene a largo plazo.

Técnica antes que intensidad. Un gesto bien hecho cansa menos y protege más. La prisa por llegar al combate es lo que más lesiona a los que empiezan de adultos.

Nada de esto es exclusivo de los cuarenta, evidentemente. A los veinte el cuerpo perdona los errores y a partir de cierta edad te los cobra. Entrenar con criterio deja de ser un lujo y se convierte en la única forma de seguir entrenando dentro de diez años.

Que es, al final, de lo que va esto.

Cómo reconocer un sitio donde vas a poder

Al principio, más importante que elegir disciplina es elegir sitio. Esto te lo digo aunque la clase no sea conmigo.

Mira quién entrena ahí. Si en la sala solo hay gente de veinte años, probablemente la clase esté pensada para ellos. Si ves cuerpos y edades distintas, alguien se ha ocupado de que eso fuera posible.

Mira cómo tratan al que llega nuevo. En un buen grupo los veteranos se acercan al principiante y le facilitan las cosas. Para mí esa es, con diferencia, la señal más fiable de todas.

Pregunta qué pasa si un día no puedes seguir el ritmo. La respuesta te va a decir casi todo sobre cómo se da clase ahí.

Y ve a mirar antes de decidir. Una clase vista desde el borde del tatami te cuenta mucho más que cualquier página web. Incluida esta.

Lo que veo en mi sala

En Arganzuela entrena gente que empezó pasados los cuarenta y lleva años conmigo.

No porque tengan nada de especial. Simplemente encontraron un sitio donde se podía, y una vez dentro descubrieron que el miedo de la primera semana no tenía mucho que ver con la realidad.

Lo dice mejor que yo uno de ellos, Daniel, en una reseña que dejó en Google después de casi cuatro años entrenando: Da igual vuestra edad y estado, él hace que las clases sean siempre funcionales y divertidas para todos.

Yo no lo habría dicho mejor.

Por dónde empezar

Si vives en Madrid, lo más sencillo es venir a mirar.

Entrenamos en Arganzuela y la primera clase es de introducción: vienes, miras, pruebas y decides después. No hace falta que sepas nada antes de llegar. No hace falta que estés en forma. Y no hace falta que elijas disciplina.

Puedes ver cómo son las clases de Satria Silat o las de jiu-jitsu sin kimono, y si no tienes claro cuál te encaja mejor, eso lo vemos juntos. Es literalmente mi trabajo.

Y si prefieres hacerte una idea antes de pisar un gimnasio, me parece perfectamente razonable. Para eso está la página de por dónde empezar, donde hay un camino presencial y otro para hacerlo por tu cuenta. Ninguno es mejor que el otro. Depende de dónde estés y de las ganas que tengas hoy.

Volviendo a la pregunta del principio.

No he conocido todavía a nadie que se arrepintiera de haber empezado a los cuarenta.

Sí he conocido a bastante gente que se arrepiente de los años que estuvo dándole vueltas antes de entrar por la puerta.

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